Reformas

1.03.2009


Un nuevo año ha comenzado y es, definitivamente, tiempo de reformas. En particular: de reformarme a mí mismo. No estoy satisfecho con quien soy en este momento, pues sé que puedo ser mucho mejor.

Es tiempo de reformas. No se trata de un cambio radical, no puede ser así. Es imposible intentar cambiar sacrificando lo que uno ya es. Esto sería como intentar crear un cuadro prescindiendo de las pinturas y el lienzo. Lo que se debe hacer es quitar aquello que me sobra, aquello que estorba, para que sea todo lo que puedo llegar a ser.

J. Ratzinger lo explica en una forma sencilla, pero de muchísimo significado: mediante la ablatio sale a la luz la nobilis forma, que en el caso del hombre es forzosamente una congregatio. Ablatio es quitar lo que sobra; la nobilis forma es la figura hermosa; la congregatio es ese darse que se convierte en un recibir recíproco en una comunidad plena que todos perseguimos.

La esencia de la verdadera reforma, en el plano antropológico (que para efectos existenciales es la que en este momento me urge) se puede expresar de la siguiente manera: "para que resplandezca en él [en el hombre] la imagen de Dios, debe acoger principalmente la purificación por medio de la cual el escultor, es decir Dios, le libera de todas las escorias que oscurecen el aspecto auténtico de su ser y que le hacen parecer como un bloque de piedra bruto, cuando, por el contrario, habita en él la forma divina" (J. Ratzinger, Reforma desde los orígenes).

1 contribuciones:

Emilia Kiehnle dijo...

Entonces, ¿todo se trata de sacarse brillo?, jeje.

Me gustó la cita. Me encantó la idea: renovarse es deshacerse de lo que sobra, de lo que nos oscurece y opaca nuestro resplandor original.

Espero que pronto puedas reencontrarte. Yo también ando enlas mismas.