Engaged

3.31.2009



Un alma se pone en pie frente al abismo. En ella carga el peso de la alegría que el mundo siente por ella y la levedad del llanto llorado por los que la quieren. El abismo se ve enorme, pero el alma ya está parada frente a él. Cada factor nuevo que el alma aprehende modifica todo, pero, en el fondo, el alma sabe que su decisión está tomada. En ese sentido, nada cambia: el abismo la llama y se aventará con loca sensatez hacia su sima. Hacia esa sima que Salva. Mas el alma sabe que no está sola: otra alma la acompaña en ese salto existencial enorme, pues ninguna de las dos está más sola. Ambas sufren las heridas otorgadas por quienes -prudentes- no pueden ver en el abismo más que la boca de un lobo dispuesto a engullir a quien se acerque demasiado. Ambas se abrazan y lloran juntas las sorpresas de la vida que intentas atarlas a la tierra firme, donde el mundo es positivamente objetivo y nada puede llegar a pasar. Por eso, el alma frente al abismo sabe que no tiene que buscar mucho para sacar la fuerza necesaria para aventarse al abismo: la fuerza es ella misma, es la vocación que la impulsa, el amor que la ata a la otra alma...

Sombras

3.04.2009

...ni mi alma consultó jamás las sombras de que se vale la magia para sus respuestas. (San Agustín, Confesiones X, 56)


Yo digo, Coetze, que lo escrito es verdad, por más tinturas ex post con las que intente justificar mis juegos. Mentir en el papel es fácil y decir la verdad también. Pero pretender jugar a ratos entre una y otra opción es, a lo menos, peligroso: no hay quien haya salido airoso al intentar cruzar un río con un pie en una orilla y la otra en la contraria. Al final el cuerpo falla y el agua lo arrastra haciendo de él jirones.

Es una justificación sencilla para no comprometer las letras a la vida misma del autor. Es escapar por la puerta que quede descuidada en el momento en que el miedo al juicio nos ataque: siempre puede ser más realidad o más literatura, dependiendo de lo que necesite la situación concreta en la que el autor se encuentre. Y entonces, Coetze, ¿dónde queda ese compromiso artístico del autor con su obra? ¿Dónde queda la vida plasmada, con júbilo o locura, sobre el arte?

El verdadero artista consagra su vida en cada obra que produce. En cada creación se le va la vida: pone en su arte lo que todo él es. El artista no tiene miedo de los juicios, pues sabe que donde haya agentes racionales forzosamente será sometido a los mismos. Cuando miente su arte, miente con el descaro más abierto; pero cuando habla la verdad, por más bella que la establezca, siempre será verdadera. El artista sabe decir: "mira al Cielo, Dios ha muerto". El artista sabe decir: "Vine a Cartago y caí como en una caldera hirviente de amores pecaminosos. Aún no amaba yo, pero quería ser amado...".

Pero, ¿qué belleza puede haber en mentir verdades y verificar engaños? ¿Qué hermosura puede sobrevivir asfixiada por un manto tan grueso? Dime, Coetze, ahora yo pregunto: ¿acaso la verdad puede subsistir bajo el manto de la mentira o la ficción podrá volar subyugada por la verdad? ¿No crees que Werther perdería valor si fuera Wolfgang quien llorara sus cuitas? No se tú, pero yo no puedo imaginar al hiponita inventando la muerte de Adeodato sólo por dramatismo literario, ¿verdad?

Dime, Coetze, ¿por qué preguntas si el autor es en todo momento él mismo? Acaso tengas miedo de saber que no puedes escapar al preguntarte de estar sólo en uno de los lados que pretendes abarcar: ¿quién pregunta, Coetze, quién pregunta? ¿Pregunta el Coetze que pregunta o el que fue inventado para preguntar? Tu disculparás mi caústico delirio: pero no puedo confiar en que te crees en realidad. Pues puede que sepas que preguntas o que inventes que preguntas o que por preguntar te inventes preguntar. Tu mismo tomas postura. Es bonita la construcción de tu duda, pero si eres coherente con ella, lo único verdadero es que es falso dudar.

Por eso, yo en lo personal admiro mucho más a los románticos que a los modernos. Podían ser contradictorios, contraintuitivos, reaccionarios. Pero estaban comprometidos a la coherencia artística y existencial. Cuando amaban, amaron y cuando odiaron lo hicieron igual. Su obra fue modus vivendi. Por esto, Coetze, yo digo que lo escrito es verdad, por más tinturas con las que intente ocultar el juego.

Hay que consagrar el alma a la creación artística y poner en ella la vida entera que en cada caso se nos permita. Decir las cosas como son, a veces con literaria verdad: "¡En cuántas iniquidades me corrompí, llevado por una sacrílega curiosidad, hasta tocar el fondo de la infidelidad en engañoso obsequio a los demonios, a quienes ofrecía como sacrificio mis malas obras!", a veces con crasa fantasía: "jamás tendrás una copa tan grande ni un libro tan largo que me queden bien".

Coetze, ahora dime tú: ¿qué buscas al jugar contigo mismo, al engañar a las conciencias que honestas quieren leerte? No me digas que originalidad, pues ésta se encuentra en la Verdad cuando se expresa, ya lo dijo Lewis. No me digas que arte, pues ya hablamos de cómo para que algo sea arte se ha de poder vivir en plenitud.

Este es mi protomanifiesto de arte: la literatura no es mentira, ni engaño, ni confusión. Es Verdad elevada al cubo, por la Gracia de la Verdad.

Lean, por ejemplo, a Víctor Hugo. (Y en este texto, oculto, pero no engañosamente, he querido colar alguna otra verdad).