Extra Virgen

10.05.2008


Parece que la pureza del arte es como la virginidad del aceite de oliva: es más abundante mientras más violaciones sufra


Se dice que para escribir bien uno tiene que leer mucho. Pero eso se vuelve un ejercicio necio para la humanidad mientras más años cargue a sus espaldas. Escribir bien se transforma en una preparación que va de Parménides a los contemporáneos y vuelve a los autores en maquinitas insufribles dispuestas siempre a ver más allá del más novedoso escritor. Se pierde el afán por la simpleza (la verdadera simpleza) en aras de un perfeccionamiento cada vez mayor. Ya no hay literatura que surja pura, aunque de poca calidad. Se apuesta por la industria, por la virginidad de las letras que se consigue tras años y años de procesos de filtrado y depuración. Hoy los artistas escacean. Tenemos grandes técnicos del arte, pero nada más. Los artistas tienen la ventaja de, a partir de lo burdo de su condición, ver como nadie más el mundo y expresarlo llanamente... o algo así.

No es que esté en contra de la amplia lectura, ni del perfeccionamiento técnico. Tampoco es un llanto amargo por saberme incapaz de usar bien una metáfora, ni una comparación y mucho menos algún retruécano o algo parecido. (Soy de los que sufres incluso con la ortografía y la gramática).

Lo que sí pretende ser es una modesta reflexión sobre la tecnocratización del arte que más aprecio y que, tanto por mi incapacidad como por mi odio a la sequedad de la técnica, nunca podré poseer.

1 contribuciones:

Emilia Kiehnle dijo...

Me acuso, me gusta la gramática. Sin embargo, entre más leo y escribo, más me doy cuenta de que, incluso dentro de las reglas, uno debe aprender a jugar con el lenguaje: con los significados y los sonidos.

A lo mejor no queda una obra técnicamente perfecta y pulcra, pero si el resultado expresa bien lo que se quería decir, entonces se cumplió el objetivo.