Yo, que guardé la espada hace ya casi dos años, que entendí el ruego y el llanto de quien no quería esperar en las noches a un vagabundo, soy apenas una sombra de lo que antaño fui; soy remedo imposible de humanidad incapaz de comprender que se me llame de vuelta al techo que nunca he dejado. Aunque, quizá, lo abandoné al no querer moverme, al prometerme mantenerme firme bajo él, sin darme cuenta que poco a poco yo me quedaba y él se movía...
Derramar sangre, jamás. Jamás otra vez. Pero me es casi imposible dejar impasible a mi espíritu cuando veo en él dos llagas bien definidas: el acero contra mí y el acero contra lo mío.
Mas, aunque sé que debo confiar -acaso, confiar nuevamente-, pues es en parte promesa, me cuesta trabajo entender el proceder de un hogar que no teme dejar de ser, aunque sacrifique algunas briquetas.
Tengo
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No puedo dejar de escribir. Tengo mil cosas que hacer urgentes y mi alma
escoge precisamente el día de hoy para vaciarse. Me desbordo de emociones,
necesit...
Hace 6 años.
