Lo único que jamás podrán robarme son mis bríos. Los bríos de la pasión, del fortissimo de un concierto para piano, de una buena lectura, de una espada. Los bríos de sentirme a salvo, sonriente, tranquilo. Los bríos de haber encontrado la entrada y el plato fuerte. Eso jamás podrán robármelo.
La pasión de contemplarte. Los bríos de un abrazo, de un corte juliana, de una risa al borde del llanto, mi llanto, a causa de una risa. La pasión que siento por mis bríos. Los bríos que rescataste, rescatando mi pasión.
Pasión.
12.28.2006
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El genio moral: la santidad. (Fragmento)
12.26.2006
"Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, obediente, incontrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por cálculo, por corazonadas firmes más que por doctrinarismos racionales; así lo fueron casi todos. La inflexible rigidez del profeta o del apóstol, es simbólica; sin ella no tendríamos la iluminada firmeza del virtuoso ni la obediencia disciplinada del honesto. Los santos no son los factores prácticos de la vida social, sino las masas que imitan débilmente su fórmula. No fue Francisco un instrumento eficaz de la beneficiencia, virtud cristiana que el tiempo reemplazará por la solidaridad social: sus efectos útiles son producidos por innumerables individuos que serían incapaces de practicarla por iniciativa propia, pero que del exaltado arquetipo reiben sugestiones, tendencias y ejemplos, graduándolos, difundiéndolos. El santo de Asís muere de consunción, obsesionado por su virtud, sin cuidarse de sí mismo, y entrega su vida a su ideal; los mediocres que practican la beneficiencia por él practicada cumplen una obligación, tibiamente, sin perturbar su tranquilidad en holocausto a los demás.
La santidad crea o renueva..."
-Ingenieros, José; El hombre mediocre; El genio moral: la santidad
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Bestiario III.
12.22.2006

Avestruz.
El avestruz es un gran ave que carga sobre su lomo muchos nombres como: assida, strutio, struthiocamelon, entre otros.
Pese a tener dos alas de magnífico tamaño no puede volar. Se cree que su incapacidad radica en el tremendo peso que le imponen sus muchísimos nombres. Se cree también que no vuela porque teme alcanzar la estrella que, invariablemente, siempre está persiguiendo con su mirada.
Esa estrella jamás desaparece de los ojos del ave. Tanta es su obsesión con ella que cuando ha puesto sus huevos con frecuencia milimétrica los olvida y los deja a la buena disposición del azar, la fortuna o el hado. Por ello es que tantos huevos pasan a ser parte de colecciones de exploradores o, en los casos más trágicos, se vuelven un platillo exquisito en el desayuno de cualquier bestia que se los encuentre.
Cuenta una entigua leyenda africana -transmitida mediante las charlas de los esclavos en tiempos de Roma la Magnífica- que en los tiempos cuando los animales y los hombres podían comunicarse entre sí un honrado príncipe inquirió al ave sobre sus capacidades de vuelo. El ave, en ese tono que tienen todas las aves cuando se les pregunta algo, le contestó: "señor mío, el más digno de los hijos del Sol, tu pregunta me ofende, pues has de saber que no vuelo porque me es imposible: mi vista está posada en el Cielo y mi alma persigue la estrella que nunca muere, pero si volara -no lo permita jamás el Sol-, si volara... ay, lo que ocurriría: podría alcanzar la estrella, podría ser mía, y ya nunca más la buscaría, ya mis ojos no la perseguirían en las alturas. Y eso no se hace, señor mío. Las estrellas están echas para mirarse, nunca para alcanzarse". El príncipe lloró en silencio la respuesta de la bestia, pero entonces comprendió el porqué de sus alas atrofiadas.
Pero esto es sólo una leyenda. Lo que es verdad es que el avestruz vive siempre aterrada. Pese a su capacidad de digerir cualquier cosa (incluso el acero) es un animal cobarde. Cuando siente la presecia de lo desconocido, de lo peligroso, de lo extraño, inmediatamente entierra su cabeza en la tierra y evade lo que pudiera pasar.
Este terror ha sido explicado por grandes científicos, magos y alquimístas de todo el Orbe y en su mayoría coinciden en que este terror ante la vida es producto de su frialdad: su corazón está helado pues nunca ha sido calentado por la estrella que buscan. ¡Si tan sólo... si tan sólo dejaran de buscar y comenzaran a perseguir!, era el final de una oración mágica de los habitantes de África.
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Sentimientos en Navidad.
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Entre la cena y el vino, las cuerdas.
12.21.2006
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El beso (Fragmento)
12.17.2006
"...el alma está de rodillas"
-Víctor Hugo.
"¿Pero qué no debería ser algo facil, no se supone que es algo sencillo? -preguntó el maestre a su alumna más elocuente-. Responde, hija del Sol, del linaje de los hombres, portadora de la espada "Alethés". ¿No se supone que es algo sencillo?
La muchacha se quedó en silencio un momento. Cerró los ojos y meditó sobre la pregunta del maestre. Su mente visitó los parajes más recónditos de sí misma y visitó a los pensamientos más informes. En pocas palabras, pensó.
(...)
El maestre era un viejo mago que venía de las tierras del norte. Su cabello no era largo, ni blanco como el de todos los magos. Su cara era todo menos serena y definitivamente no utilizaba gafas de media luna. Su barba era apenas incipiente, pues esa mañana no había tenido tiempo de cortarla. Pero pese a todas estas excentricidades era un gran mago.
Su grandeza radicaba en que entendía el corazón del hombre. Esa era la ventaja de su raza, para eso fue creado en los tiempos en que el León aún cantaba. Por eso había hecho esa pregunta a su aprendiz. Conocía lo que se revolvía en su corazón y quería enfrentarla a ello. Pero no quería enfrentarla para que venciera algún miedo. No. Eso sería cruel y poco considerado: los miedos del alma deben curarse en el alma misma. No hay mago que pueda curarlos, aunque -para ser honestos- se dice que hace algunos siglos, en la vasta región de A***, una doncella penetró la coraza de un caballero.
Como fuese, eso no era lo importante ahora. El mago simplemente quería una respuesta de su alumna. Las respuestas son vetas de verdad, y la verdad siempre ha sido el tesoro más deseado por los magos.
(...)
La alumna seguía sumida en sus pensamientos. Así que el gran maestre volvió a preguntarle: "dime, heredera de la Sangre y el Aliento del Oriente, ¿no debería ser algo sencillo?
Y, por fin, la alumna contestó..."
-Lesgle González, Luis Jehan; Visitas al Corazón del Hombre, Cap. II (o VI, depende de la edición): "El beso"
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